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Diseñar para comprender: el poder visual detrás de los datos

El diseño gráfico no es un elemento decorativo dentro de una visualización: es una herramienta que determina cómo percibimos, interpretamos y comprendemos la información.

En una época marcada por la sobreabundancia informativa, comprender datos complejos se ha convertido en una necesidad cotidiana. Gráficos, mapas, infografías y paneles interactivos aparecen en medios de comunicación, redes sociales, investigaciones científicas y plataformas digitales. Sin embargo, estas representaciones no son simples adornos ni traducciones automáticas de cifras: detrás de cada visualización existen decisiones de diseño que pueden facilitar la comprensión o, por el contrario, confundir al lector.

El artículo de Mariana Guerrero del Cueto, El papel del diseño en la percepción de visualizaciones de datos. Fundamentos teóricos y conceptuales, aborda precisamente esta discusión. Su planteamiento central es claro: el diseño gráfico no debe considerarse una capa estética añadida al final del proceso, sino una disciplina capaz de mejorar la manera en que las personas perciben e interpretan la información. Diseñar datos significa, en buena medida, organizar conocimiento.

De los pictogramas a los gráficos interactivos

La necesidad de representar información visualmente no es nueva. Desde los primeros pictogramas y sistemas de escritura, las sociedades han buscado registrar conocimientos y transmitirlos más allá del tiempo y del espacio. La cartografía también cumplió un papel decisivo, porque permitió sintetizar territorios, rutas, montañas y límites mediante signos comprensibles.

Uno de los ejemplos históricos destacados en el documento es el mapa de Nuzi, elaborado aproximadamente en el año 2500 a. C. sobre una tablilla de arcilla. Sus formas gráficas demostraban que conceptos complejos, como la localización de colinas o cursos de agua, podían comunicarse visualmente.

Mucho más tarde, durante el siglo XIX, William Playfair transformó la representación cuantitativa al introducir gráficos de barras, líneas y sectores. Por primera vez, series numéricas presentadas habitualmente en tablas adquirieron una forma visual que permitía observar comparaciones, comportamientos y tendencias.

Florence Nightingale llevó este potencial aún más lejos. Mediante su célebre gráfico de área polar, conocido como “la rosa de Nightingale”, mostró que durante la guerra de Crimea morían más soldados por enfermedades y malas condiciones sanitarias que por heridas de combate. La visualización no se limitó a ordenar datos: ayudó a revelar un problema e impulsar cambios.

Actualmente, las visualizaciones pueden ser dinámicas e interactivas. Un usuario tiene la posibilidad de filtrar información, comparar periodos o profundizar en un tema desde distintos dispositivos. Pero cuanto más sofisticadas son las herramientas, más importante se vuelve la responsabilidad del diseño.

La visualización como artefacto cognitivo

Guerrero del Cueto recupera una idea fundamental de la investigadora Isabel Meirelles: las representaciones visuales funcionan como “artefactos cognitivos”, porque complementan nuestras capacidades mentales. Una buena visualización reduce el esfuerzo necesario para detectar patrones, reconocer diferencias, establecer comparaciones y relacionar variables.

Para comprender este proceso, el artículo revisa dos aportes esenciales: la semiología gráfica de Jacques Bertin y los estudios de percepción gráfica de William Cleveland y Robert McGill.

Bertin propuso en 1967 que toda representación visual puede construirse mediante variables como tamaño, forma, valor, orientación, textura y color. Estas características permiten diferenciar signos y añadir significado. Un círculo más grande puede representar una cantidad mayor; una tonalidad más oscura, una mayor intensidad; y una orientación diferente, otra categoría de información.

Su concepto clave fue la “eficacia”. Según Bertin, una visualización es más eficaz cuando permite obtener una respuesta correcta y completa en menos tiempo que otra representación con el mismo contenido. Esta definición desplaza la atención desde la belleza aislada hacia la función comunicativa. El diseño no se evalúa solamente por su atractivo, sino también por la rapidez y precisión con que ayuda a comprender.

Ver no siempre significa comprender

Cleveland y McGill profundizaron esta discusión en 1984 mediante experimentos sobre percepción gráfica. Su trabajo demostró que no todas las formas visuales permiten estimar cantidades con la misma precisión. Las personas interpretan mejor la posición de los elementos sobre un eje común que el área, el volumen, la curvatura o la saturación del color.

Esta jerarquía tiene consecuencias prácticas. Cuando el objetivo es comparar valores exactos, un gráfico de barras suele ser más claro que uno circular, porque la longitud y la posición resultan más fáciles de evaluar que los ángulos y las áreas. Una gráfica de pastel puede ofrecer una impresión general de las proporciones, siempre que no esté sobrecargada ni distorsionada.

Investigaciones posteriores confirmaron estos riesgos. Robert Kosara y Drew Skau analizaron distintas variaciones de gráficos circulares y observaron que separar, agrandar o deformar sus segmentos podía aumentar los errores de interpretación. Una decisión pensada para enfatizar una categoría podía terminar dificultando su lectura.

Se trata de una paradoja frecuente en el diseño de información: agregar volumen, sombras, efectos o elementos decorativos no siempre mejora la comunicación. En ocasiones, esos recursos compiten con los datos y obligan al lector a realizar un esfuerzo perceptivo innecesario.

El color: guía, emoción y peligro

Entre todos los elementos del diseño, el color ocupa un lugar especialmente delicado. Bien utilizado, permite clasificar, ordenar, diferenciar y destacar información. Puede aplicarse de forma secuencial para representar valores de menor a mayor; divergente, para mostrar extremos alrededor de un punto medio; categórica, para distinguir grupos; o como realce, para dirigir la atención hacia un dato relevante.

Pero el color también posee asociaciones culturales y emocionales. No comunica únicamente cantidades: puede despertar sensaciones de alerta, tranquilidad, miedo, urgencia o confianza. Por eso, su elección debe responder tanto al contenido como a las características del público.

El artículo analiza el conocido mapa de contagios de Covid-19 desarrollado por la Universidad Johns Hopkins. Su fondo oscuro y sus círculos rojos ofrecían un fuerte contraste, pero también podían relacionarse con peligro, ansiedad y catástrofe.

Un rediseño propuesto por Kirsten Modestow utilizó blancos, azules, verdes y naranjas para conservar la diferenciación de los datos y, al mismo tiempo, modificar la reacción emocional del lector. El caso demuestra que una visualización puede ser técnicamente correcta y, aun así, transmitir una atmósfera que condiciona la interpretación.

Diseño y ciencia: una alianza necesaria

La principal conclusión es que la visualización de datos requiere un trabajo interdisciplinario. Estadística, programación, investigación, comunicación y diseño deben colaborar desde el comienzo. No basta con disponer de información confiable: también es necesario presentarla de una manera que respete las capacidades perceptivas del público.

Antes de elegir un gráfico, una tipografía o una paleta cromática, es necesario preguntarse qué se quiere comunicar, qué tarea deberá realizar el lector y qué nivel de precisión necesita. También importa conocer a la audiencia, comprobar cómo interpreta la representación y corregir aquello que produzca confusión o ambigüedad.

En tiempos donde las decisiones públicas, científicas y comerciales dependen cada vez más de los datos, diseñar correctamente una visualización es una forma de responsabilidad. El verdadero valor del diseño no consiste en embellecer números, sino en convertirlos en conocimiento accesible.

Cuando la ciencia y el diseño trabajan juntos, la información deja de ser una acumulación de cifras y se transforma en una herramienta para comprender mejor el mundo.

Autor

  • EDUARDO GONZÁLEZ

    Diseñador gráfico, docente y divulgador especializado en artes gráficas y procesos de producción. Su trayectoria combina experiencia profesional, educación técnica y comunicación, conectando el diseño con la industria, la tecnología y las nuevas formas de crear. Profesor en Educación Técnica y Formación Profesional, Licenciado en Educación y Magíster en Ciencias de la Educación con mención en Currículum y Evaluación. A lo largo de su carrera ha trabajado formando estudiantes, desarrollando proyectos gráficos y acercando el conocimiento técnico a nuevas audiencias. En Studio Gráfico 7 comparte contenidos, análisis y experiencias para comprender el diseño, la impresión y su evolución.