Hubo un tiempo en Chile donde el cielo estaba gris y las calles, en silencio. Desde fines de los 70 y principio de los 80, bajo la sombra pesada de la dictadura, para un niño o un joven inquieto en una comuna como San Miguel, las opciones de escape eran casi nulas. No había internet, no había redes sociales, y la televisión abierta mostraba una realidad oficial. En ese encierro, la única ventana al mundo, la única voz viva que traía entretención y color, era la radio. Especialmente la radio AM.
A través de ese aparato que crujía con interferencias, el joven Jorge González empezó a construir su universo. Y contra lo que muchos podrían pensar hoy, ese living familiar no estaba inundado las veinticuatro horas por himnos de protesta o música estrictamente política. El verdadero motor que encendió la chispa creativa del líder de Los Prisioneros fue la cultura pop que flotaba en el dial.
Sí, por supuesto que estaba la música contestataria de la época, aquellas canciones con un mensaje social profundo y la trova que alimentaba el pensamiento del contexto en que se vivía. Pero para Jorge, la diversión, el ritmo y el asombro musical venían de otra parte. Venían de los grandes melodramas de la balada y del brillo de las discotecas que se colaban por las ondas AM.

La radio de Jorge mezclaba mundos que la crítica a veces separa. Su gran fuente de inspiración fue esa música romántica que llegaba con fuerza desde España e Italia, con sus interpretaciones intensas, teatrales y desgarradoras, combinada con el pop anglo de la época, las melodías perfectas de la música disco y el talento del cancionero popular chileno. Para él, una balada europea de amor bien construida o una base bailable tenían tanto valor y tanta genialidad técnica como cualquier manifiesto social. Ahí, en ese cruce de estilos, nació el músico que años más tarde revolucionaría el rock latino.
Toda esa memoria íntima se rescata en el libro Escuchando radio. Canciones que inspiraron a Jorge González, un viaje hermoso escrito por la periodista musical Johanna Watson. A través de conversaciones por WhatsApp durante los meses encerrados de la pandemia en 2020, la autora logra abrir una puerta que pocos habían cruzado. El resultado no es una entrevista rígida, sino un diálogo cercano, lleno de humor, recuerdos y una calidez que solo una voz femenina y respetuosa podía lograr en el panorama de la literatura sobre el músico.
Al leerlo, descubrimos a un Jorge González que va mucho más allá del ícono rebelde y ácido que los medios tantas veces caricaturizaron. Aparece un hombre espiritual, conectado con los sueños, con lo metafísico y con una sensibilidad profunda. El libro recorre once canciones de estilos muy variados —desde el synth pop y la música disco hasta las baladas y el folclor chileno— que demuestran que su oído no tenía prejuicios.
Las canciones de Jorge terminaron siendo el espejo del sentir de todo un país, la voz de los que no tenían voz. Pero antes de ser ese referente cultural gigante, Jorge fue solo un muchacho pegado a un receptor AM, dejándose salvar por la música en los tiempos más difíciles. En el fondo, esta crónica nos recuerda que el arte no tiene fronteras ni etiquetas, y que la mayor revolución empieza simplemente escuchando una buena melodía en la radio.