Las esculturas desmontables del artista español transformaron la relación entre obra, espectador y diseño. En su universo creativo, el packaging dejó de ser un simple elemento de protección para convertirse en una extensión conceptual, material e interactiva de la propia escultura.
En la historia del arte, el embalaje suele ocupar un lugar secundario. Su función tradicional consiste en proteger una obra durante el transporte, facilitar su almacenamiento y evitar daños provocados por golpes, humedad o cambios ambientales. Sin embargo, para el escultor español Miguel Berrocal, el envase podía ser mucho más: una segunda piel, una pieza autónoma y una puerta de acceso a la experiencia artística.
El estudio de José María Alonso Calero y Josefa Cano García, titulado La dimensión múltiple de lo expandido en la obra de Berrocal a través del packaging, analiza cómo el artista convirtió el embalaje en una parte inseparable de sus esculturas. El artículo presenta a Berrocal como un creador multidisciplinario, capaz de relacionar arte, diseño, ciencia, matemáticas, tecnología y producción industrial. Su obra no termina en la figura escultórica, sino que se expande hacia el envase, las instrucciones, el montaje, la interacción y la multiplicación seriada.
Una escultura que puede tocarse y transformarse
Miguel Berrocal fue una figura relevante de la escultura europea durante la segunda mitad del siglo XX. Es reconocido principalmente por sus esculturas desmontables, compuestas por numerosas piezas que encajan entre sí como un complejo rompecabezas mecánico.
A diferencia de la escultura tradicional, concebida muchas veces para ser observada a distancia, la obra de Berrocal invita al contacto físico. El espectador puede tocarla, desmontarla, examinar sus componentes y volver a construirla. Esta posibilidad introduce una dimensión temporal y participativa: la escultura cambia mientras el usuario interactúa con ella.
Para el artista, desmontar una obra significaba penetrar en su espacio interior y descubrir formas que permanecían ocultas cuando la figura estaba ensamblada. Cada fragmento podía funcionar como una pequeña escultura abstracta y, al mismo tiempo, como parte de una composición figurativa mayor.
Esta relación entre fragmento y totalidad convierte la experiencia artística en un proceso de exploración. La persona deja de ser una observadora pasiva y se transforma en participante. Las manos, la memoria y la capacidad de resolver problemas forman parte de la contemplación estética.
Ocho claves para comprender su universo creativo
La investigación organiza la obra de Berrocal mediante ocho claves: el vacío, la inspiración científica, la desmontabilidad, la relación entre abstracción y figuración, la estética interactiva, las técnicas, la multiplicación y el proyecto.

El vacío ocupa un lugar central. Berrocal no lo entiende como ausencia, sino como un espacio activo que permite construir una escultura dentro de otra. Sus piezas penetran en el volumen y revelan una arquitectura interior formada por cavidades, articulaciones y elementos combinables.
La segunda clave corresponde a su relación con las ciencias. Su formación estuvo vinculada a las ciencias exactas y a la arquitectura, por lo que las matemáticas, la geometría y la física influyeron profundamente en sus métodos. En sus esculturas aparecen proporciones áureas, simetrías, giros, traslaciones, curvas logarítmicas, esferas y nudos.
La desmontabilidad surge de esta investigación del espacio interior. No es un truco añadido después de crear la figura, sino una característica estructural que condiciona todo el proyecto. Cada componente debe ser diseñado con precisión para encajar en el conjunto y permitir que la obra pueda armarse y desarmarse repetidamente.
De esa operación nace la convivencia entre abstracción y figuración. La escultura ensamblada puede representar una cabeza, un torso o una figura humana, mientras sus componentes separados adquieren apariencias abstractas. Berrocal se mueve así entre dos lenguajes que habitualmente se presentan como opuestos.
Mini María: obra, envase y experiencia
Uno de los casos más representativos analizados es Mini María, también denominada Opus 108, desarrollada entre 1968 y 1969. La pequeña escultura mide aproximadamente 4,3 por 8 por 3,8 centímetros y está compuesta por 23 elementos.
Para protegerla y presentarla, Berrocal diseñó un embalaje escultórico de poliestireno expandido. El envase reproduce y sintetiza las formas exteriores de la obra, funcionando como una especie de negativo de la escultura. En su interior, cada pieza posee una cavidad específica que permite mantenerla separada y segura.
Las imágenes incluidas en las páginas 10 y 11 del estudio muestran que el embalaje no era una caja convencional. Sus volúmenes exteriores recuerdan una cabeza o un torso, mientras que el interior contiene moldes diseñados para recibir cada fragmento. Algunos espacios incorporan semicírculos en los que el usuario puede introducir los dedos para retirar las piezas con facilidad.

El conjunto incluía además un libro-manual con dibujos en planta, alzado y perspectiva axonométrica. Estas instrucciones permitían comprender la estructura interior y reconstruir la escultura. También incorporaba una base que servía como plinto para exhibir la obra una vez montada.
La experiencia comenzaba, por tanto, antes de contemplar la pieza terminada. Abrir el embalaje, encontrar el manual, retirar los componentes y resolver el ensamblaje formaban parte del contacto con la creación artística.
El embalaje como segunda escultura
La gran innovación de Berrocal consiste en liberar al packaging de su papel exclusivamente funcional. El envase protege, pero también interpreta la obra, prolonga sus formas y comunica su lógica interna.
En algunos casos, puede contemplarse de manera independiente. Su volumen exterior posee cualidades escultóricas, mientras su interior reproduce los espacios negativos necesarios para guardar las piezas. Contenedor y contenido mantienen una relación de correspondencia: uno explica al otro.
Esta concepción amplía los límites de la escultura. La obra no queda restringida al objeto metálico, sino que incluye el embalaje, la documentación gráfica, el manual de instrucciones, la experiencia de apertura y la participación del usuario.
El artículo describe esta expansión mediante tres etapas. La primera es la dimensión extendida, donde el envase prolonga formalmente la escultura. La segunda es la dimensión interactiva, porque refuerza el juego de desmontaje y reconstrucción. La tercera es la dimensión multiplicativa, relacionada con su producción en serie y su transformación en producto de diseño.
Multiplicar para democratizar el arte
Berrocal comprendió que la reproducción industrial podía acercar la escultura a un público más amplio. En lugar de limitarse a producir ejemplares únicos, desarrolló series firmadas y numeradas mediante técnicas industriales de fundición.
En 1968 inició una serie de cinco mini esculturas múltiples: Mini-David, Mini María, Mini-Cariátide, Portrait de Michèle y Mini-Zoraida. Cada modelo alcanzó una tirada de 10.006 ejemplares: 9.500 en metal cromado, 500 en plata y seis en oro.
Estas cifras muestran una ruptura con el modelo de obra única reservada a museos o grandes coleccionistas. La seriación reducía los costos unitarios y permitía distribuir las piezas a una escala mucho mayor. El artista aplicaba a la escultura una lógica similar a la reproducción de las artes gráficas, sin renunciar a la precisión ni a la complejidad técnica.
El propio embalaje llegó a convertirse en materia expositiva. En la Feria Internacional de Arte de Basilea de 1970, Berrocal construyó un stand apilando los envases de Mini María en columnas organizadas de forma circular. La instalación obtuvo un reconocimiento del Instituto Italiano del Embalaje y demostró que el contenedor podía adquirir una presencia arquitectónica.
Arte, ciencia y diseño unidos en un proyecto
La obra de Berrocal obliga a superar las fronteras convencionales entre artista, diseñador, ingeniero y emprendedor. Cada escultura requería años de investigación, bocetos, pruebas, cálculos, prototipos y documentos técnicos. El proyecto completo podía ser tan significativo como el resultado final.
Su trabajo anticipó conceptos hoy habituales en el diseño contemporáneo: experiencia de usuario, interacción, modularidad, producción seriada, identidad gráfica, diseño estratégico y desarrollo integral de productos.
En el universo de Berrocal, nada resulta accesorio. El vacío tiene presencia, el fragmento conserva autonomía, el espectador participa y el embalaje también comunica. La escultura se expande más allá de sus límites físicos para convertirse en un sistema de relaciones.
Su mayor legado quizá sea precisamente ese: demostrar que una obra de arte no siempre termina donde concluye su superficie. A veces continúa en la caja que la protege, en las manos que la desmontan y en la curiosidad de quien intenta reconstruirla.